El shibari conlleva riesgos físicos reales que no deben minimizarse: una cuerda mal colocada puede comprimir nervios y causar entumecimiento temporal o, en casos graves, daño nervioso duradero; las suspensiones (levantar el peso del cuerpo con cuerda) añaden riesgo de caídas, compresión torácica que dificulta respirar, o pérdida de circulación en extremidades. Por eso el shibari serio nunca se improvisa: requiere conocer puntos anatómicos seguros, tener siempre tijeras de emergencia a mano, monitorear constantemente color, temperatura y sensibilidad de la piel, y jamás dejar a la persona atada sola. La comunicación durante la escena es tan importante como la técnica — preguntar activamente cómo se siente, no esperar a que la persona atada avise si algo va mal, porque una cuerda puede limitar su capacidad de comunicarse con claridad. Esto no significa evitar el shibari, sino abordarlo con el mismo respeto que cualquier práctica de riesgo físico: formación real, progresión gradual y prioridad absoluta en la seguridad sobre la ambición estética.